Plaguicidios obligatorios y algunos consejos para principiantes

Vamos a dejarnos de lecturas paralelas, vayamos al grano. Hace un par de meses que plantamos y es momento de recapitular y reexaminar. Sobre todo, porque ya nos hemos comido prácticamente la mitad de las lechugas. Una cosa muy buena de plantar es que tienes que ser muy, muy negado para no acabar pillando algo.

Sin embargo, hemos metido la pata en algunas cosas y aquí quedan de recordatorio para el año que viene o para alguna incauta que pase por aquí buscando pistas. Ahí van.

*Esto que decíamos de controlar las plagas con vigilancia, cerveza y otros remedios de la abuela: ERROR. Se pierde un tiempo enorme y no merece nada la pena. Sobre todo, porque no son los caracoles el enemigo, hay más cosas. Por ejemplo, unas orugas verdes que no sabemos de dónde han venido (quizá, del vivero), y que se lo comen todos. También pillamos una oruga blanca que entraba por el trono de las lechugas e iba, riri, dejándolas huecas. Véase los primeros. Se llaman orugas de la col o pieris brassicae y son muy comunes en los huertos.

No hemos descubierto aún qué tipo de bicho troncha las hojas de nuestras cebollas. No puede ser rastrero, porque este trabajo de amputación requiere altura. Pensábamos en un pájaro, pero un experto nos ha mencionado… ¡un puercoespín! A este señor no se le pueden parar los pies. El año que viene aislaremos al máximo el perímetro de la huerta y pondremos un espantapájaros.

Aunque empezamos retirando muchos caracoles a mano, creo que es más útil comprar un producto ecológico repelente que los disuada. Sirve, además, para las babosas, que no siempre son tan visibles como las negras clásicas: hay unas blancas dificilísimo de ver. Además, compramos unos polvos para la plaga de gusanos verdes que ha ido muy bien. ¡Da mucho coraje cuando, después de haber trabajado la tierra tanto y arrancado tanta hierba, viene un bicho y se lo come todo! Estas son nuestras armas, de momento:

*Otra cosa que hemos hecho remal: el espacio que le hemos dado a las plantas. Lo muestro por trozos. Aquí se ve cómo se arrebujan, de izquierda a derecha, los repollos, las acelgas y las berzas. Estas plantas crecen muchísimo y hay que dejarlas más espacio para observar mejor las hojas, arrancar las hierbas y regar con precisión.

Aquí, una tristeza cómo están de apretadas los repollos morados 😦 Además de tener la plaga de las orugas de la col que mostré antes…

Coles rizadas, berzas y alcachofas, pisándose.

En la zona posterior de la huerta, la que plantamos en último lugar, montamos un caos. Pepinos, calabacines y melón son plantas enredaderas, que se extienden, y necesitan mucha generosidad de espacio. Cómo está aquí la cosa que se enredan con las zanahorias y el repollo. En esta zona, imposible moverse para arrancar hierbas, dificilísimo proteger las plantas con serrín (un truco buenísimo para evitar plagas), revisar de caracoles o cosechar.

En la zona b de la huerta, las judías verdes planas y redondas, otro caos. Tenía que haber echado solo una judía de cada vez (y no tres), porque se han enredado las unas con las otras y el resultado es un muro vegetal.

Con las patatas, un poco lo mismo: falta de organización. Como hay que cubrirlas constantemente de tierra de la que van creciendo, lo suyo es plantarlas en hileras ordenadamente y con espacio suficiente entre las plantas. Aquí están agrupadas de dos en dos, en paralelo, y arrebujadas de mala manera.

Sin embargo, las cebollas y puerros los plantamos demasiado separados… Mucho trabajo extra de quitar hierbas. No merece la pena.

*La verdad es que, antes de plantar, viene bien hacerse un esquema, un dibujo ordenado de cómo vas a disponer las plantas. De hecho, lo suyo es hacerse, mentalmente o materialmente, un esquema de plantación y, también, un orden escalonado. Hemos cosechado todas las lechugas a la vez y terminas un poco harto del atracón. Queda como buenos propósitos para el año que viene.

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La naturaleza es más rápida que el tiempo

Cuando plantas una huerta, quedas emparedada entre las malas hierbas que te persiguen por detrás y los vegetales que crecen y crecen como en “La invasión de los ultracuerpos” por delante de tu propia capacidad para recogerlos y consumirlos. No ha pasado tanto tiempo desde que plantamos, y mirad cómo está ya el plantel: hay acelgas tan grandes que dan ganas de ponerles nombre. A ver: en esta toma larga todo parece muy bonito, pero al acercarte ves el drama de las malas hierbas que crecen implacables alrededor de cada planta y el dramón de los caracoles que alcanzan a muchas hojas. Hemos decidido no matar a nadie si no es estrictamente necesario, así que esas hojas las consideramos un impuesto por ocupación y explotación. Hemos puesto tejas para animarles a atecharse allí y unas botellas de agua enterradas en la tierra y con cerveza, para atraerles. Pero los caracoles asturianos deben ser muy listos, porque apenas hemos quitado cuatro o cinco de nuestras trampas.

Después de la primera plantación, decidimos aprovechar el terreno y plantar judías verdes, que en mi casa las consumimos mucho y están muy caras. La mecánica es matadora: una vez plantas la semilla, rápidamente sale una planta y de ella, un pequeño tallo que se va enredado sobre sí mismo o sobre lo que pille, por eso hay que tender un par de palos y de ellos unas cuerdas para que la planta vaya subiendo. Tarea de chinos. He visto en otras huertas que hay un método más sofisticado y menos cansado: una red de malla por la que las plantas pueden subir libremente, sin que haya que ir atándolas una a una. Para el año que viene me lo planteo seriamente, porque me encantan las judías verdes pero este sistema me mató. Al lado de estas judías hemos echado unas pocas patatas. Como la naturaleza corre más rápida que el tiempo, en un abrir y cerrar de ojos ya han salido unas plantas, pero no tengo muy claro cómo hay que proceder con ellas. Me tengo que enterar y rápido, porque en esta huerta todo cambia de un día para otro. Lechugas que parecían enfermar reviven y pimientos que lucían lozanos se tronchan. La lluvia y el viento de estos días no les va nada bien a los plantas altas: tenemos que atarlas a unos palos para enderezarlas. Así es: el trabajo en una huerta no termina nunca.

El tiempo pasa rápido, muy rápido entre estas plantas. Las tareas son tan repetitivas que absorben. Y, a diferencia del paseo, la mente no vaga, no crea, ni filosofa, no pregunta, no dice nada. Entra en un trance concentrado en la mecánica que resulta, en cierto sentido, liberador. Se parece un poco a la meditación que usa un mantra para no apartarse de la meditación. Plantar no sirve a la reflexión sino puramente a la alimentación. Y ya me fastidia no poder elevar la experiencia a la categoría épica o mística. Sin embargo, cultivar sí tiene un fuerte componente político en el sentido de uso del tiempo: no es lo mismo trabajar para producir que trabajar para consumir. De hecho, me resulta profundamente subversivo esta posibilidad de abastecimiento casi sin intermediarios (hemos comprado las plantas, pero el año que viene pienso germinar semillas para no tener que comprarlas). Parece una tontería, pero para una persona habituada a comprarse las lechugas como yo, la posibilidad de comer de lo que ha producido aumenta mi autoestima, revaloriza mis potencias y me confiere cierta confianza. Imagino el efecto benéfico que tendría esta sensación de emancipación en una sociedad en la que las personas no estuviera atenazadas por el miedo a perder el trabajo. ¿Qué pasaría si todos tuviéramos nuestra renta y nos devolvieran el tiempo?

El robo del tiempo por parte del sistema neoliberal de los deseos permanentemente insatisfechos y la desigualdad progresivamente más ancha es preocupación hoy de los filósofos. Dicen los maestros que el último gran hito de la filosofía moderna fue el descubrimiento de que el ser es tiempo, de que nuestra esencia ontológica está ligada al nacer y el morir, de que no somos comprensibles fuera de este hecho biológico natural (algo que ya habían señalado los griegos pero que fue arrumbado por el Platonismo). Heidegger, además de revolucionar toda la reflexión filosófica al introducir el factor del tiempo e impugnar el imperio de la noción de espíritu que había traído el idealismo, además de mostrarnos que la esencia constitutiva del hombre no es sino el tiempo, descubrió que el ser del hombre, el sentido de su existencia, es precisamente comprenderse dentro de ese tiempo, en el mundo del aquí y ahora, en su propio horizonte. En Heidegger y de él en adelante el comprender y el tiempo como mundo-horizonte aparecen indisolublemente unidos. Entonces, ¿qué ocurre cuando nos roban el tiempo? El filósofo Manuel Cruz se lo pregunta en “Ser sin tiempo” (2016, Herder), su último libro. También filosofa sobre el mismo asunto Byung-Chul Han en “El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse” (2016, Herder). La desposesión del propio tiempo por pura necesidad laboral y/o por la autoexplotación de la psique que ordena el neoliberalismo tendría que formar parte de las lesiones que el sistema infringe a las personas. Así lo escriben ya los filósofos y denuncian los márgenes de la política.

Extracto a Cruz: “El problema del hombre contemporáneo no es que no tenga a disposición ningún telos por el que apostar, sino que tiene demasiados, y eso acaba or generarle un atolondramiento esterilizador. (…) La presunta solución a este problema es tan conocida como falsa: vivamos más deprisa para acumular el máximo de experiencias. Es falsa  porque se basa en el espejismo de que aprovechando el tiempo podremos dar alcance al mundo, colocarnos a la altura de sus posibilidades, vivir al compás de su crecimiento. Sin embargo, por más eficaces que seamos en la gestión de nuestros recursos, nunca conseguiremos el objetivo porque el número de opciones no deja de incrementarse cada vez más. (…) El hombre moderno ha renunciado a aquello que le permitiría decidirse por un determinado telos, que no es otra cosa que la decisión de concederle su tiempo. Sin experiencia de la duración, sin capacidad de demorarse, no hay modo de acceder a la plenitud. (…) Se entiende el argumento de los defensores de la vida contemplativa: la mayor felicidad brota del demorarse contemplativo en la belleza, antiguamente llamada teoría. Pero importa no perder de vista la naturaleza de la pérdida. En la sociedad de consumo se pierde el demorarse. Consumo y duración se contradicen (o, mejor, la presión del consumo suprime la duración). Los objetos de consumo no dan lugar a ninguna contemplación. Resultaría absurda cuando la razón de ser de tales objetos es la de reemplazarlos a la mayor brevedad” (Cruz, 2016; 76-79).

Cultivar por el placer de hacerlo, por la potencia de producir, significa también reapropiarse del tiempo en una actividad muy cercana a lo contemplativo.

El texto de Han es mas complejo y denso, pero también gira en torno al hecho de demorarse, de contemplar. De hecho, parece que Cruz intertextualiza a Han porque encuentro exactamente las mismas frases sin citar a su autor original (qué feo) en el párrafo que me interesa porque apunta también a la incivilización del trabajo:

“En la sociedad del consumo se pierde el demorarse. Los objetos de consumo no dan lugar a ninguna contemplación. Se usan y se consumen lo más rápido posible, para dejar lugar a nuevos productos y necesidades. La demora contemplativa presupone que las cosas tienen una duración. La presión del consumo, sin embargo, suprime la duración. Tampoco la llamada desaceleración crea una duración. En lo que se refiere a la actitud de consumo el slow food no se diferencia en nada sustancial del fast food. Las cosas se siguen consumiendo. La mera reducción de la velocidad no transforma el ser de las cosas. El problema es que la duración, la perdurabilidad y el sosiego amenazan con desaparece completamente o se alejan de la vida. El Heidegger tardío contrapone le “vacilación”, la “serenidad”, el”recato”, la “espera” o la “retención”, que son formas de ser de la vida contemplativa, a la “necedad del trabajo”. Todas ellas remiten a una experiencia de la duración.  El tiempo del trabajo, el tiempo como trabajo, no tiene duración. Consume el tiempo produciendo. La perdurabilidad y el sosiego rehuyen el uso y el consumo. Crean una duración. La vida contemplativa es una praxis de la duración. genera otro tipo al interrumpir el tiempo del trabajo” (Han, 2009, 133-134).

El libro de Han es mejor, mucho más al hueso. Se explica y se comprende en la tradición filosófica que le compete (la alemana) de una forma explícita y erudita, mientras que Cruz vaga por los sociológico y lo político, como escribiendo un libro de encargo para el que no tiene tiempo. Gran decepción. Así termina el libro de Han:

“Cualquier “mano calma” es embellecedora si se abstiene de la violencia de asimiento. La palabra embellecer remite a la antigua expresión del alto alemán medio schòne, que también significa “amable”. Asimismo el detenimiento contemplativo es una praxis de la amabilidad. Deja que suceda, que acontezca, se muestra conforme en vez de intervenir. La vida ocupada, a la que le falta cualquier dimensión contemplativa, no es capaz de la amabilidad de lo bello. Se muestra como una producción y destrucción aceleradas Consume el tiempo. Tampoco en el tiempo libre, que se mantiene sometido a la compulsión de trabajar, tiene otro comportamiento en relación al tiempo. Las cosas s destruyen y s mata el tiempo. La demora contemplativa concede tiempo. Da amplitud al Ser, que es algo más que estar activo. La vida gana tiempo y espacio, duración y amplitud, cuando recuerda la capacidad contemplativa.

Si se expulsa de la vida cualquier elemento apacible, esta acaba en una hiperactividad letal. La persona se ahoga en su quehacer particular. Es necesaria una revitalización de la vida contemplativa, puesto que abre el espacio de respiración. Quizá el espíritu deba su origen a una excelente de tiempo, un otium, una respiración pausada. Se podría reinterpretar pneumas, que significa tanto “respiración” como “espíritu”. Quien se queda sin aliento no tiene espíritu. La democratización del trabajo debe ir seguida de una democratización del otium, para que aquella no se convierta en la esclavitud de todos. Así dice Nietzsche en “Humano, demasiado humano”:

Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna época se han cotizado más los activos, es decir, los desasosegados. Cuéntase por tanto entre las correcciones necesarias que deben hacerle al carácter de la humanidad el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo.

 

Dejar que la realidad estropee todas las teorías

Algunas ideas, algunos conceptos, algunos textos me producen una sensación de maravilla total, y no debo de ser la única afectada por este Stendhal de las palabras, porque veo que las referencias a ellos menudean en las citas de otras lectoras, de otras profesoras y de otras sabias. La primera vez que escuché sobre el origen etimológico de la palabra teoría fue en un vídeo de Teresa Oñate que vi no sé cuántas veces para entender, con vistas a un examen, la metafísica de los límites presocrática. Ahora la he vuelto a ver en el libro de texto de Diego Sánchez Meca que va resumiendo y explicando el desarrollo de lo que hoy llamamos “Teoría del conocimiento” desde los griegos hasta bien entrado el siglo XX. La recuperación del espíritu original de la palabra teoría es de Gadamer, el filósofo que desarrolló la idea heideggeriana de que la razón de ser, el ser del hombre, es comprender. Comprender y comprendernos dentro del lenguaje. El lenguaje entendido como lugar de reunión, como logos, como lo quería Heráclito.

Gadamer insiste mucho en el concepto de comunión social que subyace al concepto griego de theoria. Theorós significa “el que participa en una celebración festiva” y que por hacerlo obtiene una caracterización jurídico-social. Cito a Sánchez Meca: “Toda la metafísica griega concibe la esencia de la theoría y el nous como el puro asistir (participar) a lo que verdaderamente es”. Teoría no es principalmente un comportamiento de la subjetividad, autodeterminación del sujeto. Debe pensarse más bien a partir de lo que es contemplado. Teoría es, en consecuencia, verdadera participación, no hacer sino padecer (pathos), un sentirse arrastrado y poseído por la contemplación”. Este olvidarse de uno para volverse hacia la cosa tiene para los griegos la consideración de éxtasis, de claridad inmediata, de gozo.

Observando cómo vive mi hermano su relación con los animales, me asaltaron todas las contradicciones posibles sobre el uso y abuso del ganado como mercancía. Por descontado que me espanta cómo viven y mueren las vacas y los terneros procesados por las fabricas de carne. Más aún: creo que la humanidad ya está en disposición de dar el salto moral que supone reconocer el derecho a la vida a los animales. En teoría, en el lugar de celebración, sobre el dance floor de los exquisitos perseguidores de éxtasis. En la vida real, aún no somos capaces de alimentar al planeta, y cada sequía se lleva por delante millones de vidas humanas y animales. En la vida real, en mi misma familia, la subsistencia de una pequeña unidad familiar depende de que haya suficiente hierba en los prados y de que los animales cumplan con su función de reproducirse sin contratiempos. El discurso animalista que nos convence a los profesionales sobradamente liberales para dejar de comer carne no vale medio euro aquí, donde es precisamente la carne la que permite comer a la familia.

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El lenguaje burocrático la llama “pequeña explotación”, pero lo que yo veo es una convivencia casi en simbiosis entre humanos y animales: los unos se ocupan de alimentar a los otros y estos, a cambio, les ceden sus descendencias. El cuidado de las gallinas, los cerdos (cuando hay) y las vacas ocupa casi todo el día todos los días. No hay festivos ni descansos. El círculo de interdependencia es tal, que no sé decir muy bien quién es amo y quién el esclavo. En este modelo de relación con los animales en el que él vive inmerso, más propio del siglo XIX que de este, pero que ciertamente sucede aquí y ahora, los bichos campan por sus respetos libremente. Las quince vacas que viven sempiternamente en los praos (la cuadra se reserva para las enfermas, los partos y las recuperaciones) se dedican a comer sestear y parir. La subsistencia de los ganaderos depende de que puedan vender los terneros. Da una pena infinita, yo creo que más siendo mujer, darse cuenta de que el precio que pagan las vacas por su alimento es parir una vez al año. Son máquinas de gestar. Los terneros se venden a los seis o siete meses por unos 500 euros. Van a otro tipo de ganaderos que se dedican a cebarlos para que aumenten de peso y poder volverlos a vender aún más caros.

No termino de justificarme a mí misma una jerarquía que dispense según necesidades el derecho a la propia vida de los seres vivos. Y, sin embargo, este modelo de ganadería de subsistencia sigue manteniendo a millones de familias en todo el mundo. Creo que aquí la teoría falla estrepitosamente, y no se produce ni comunión ni éxtasis, sino más bien parálisis. Siento que se produce algún tipo de error del sistema cuando gran parte de la población mundial no puede, porque no tiene los recursos para ello, concederse a sí misma la posibilidad de pensar de este forma, desde los derechos de lo vivo, la posibilidad de abandonar la explotación de otros seres vivos. Cómo es posible indignarse políticamente ante las banderas animalistas, cuando las mismas mujeres pobres de solemnidad han también de parir para otras que no lo son tanto. ¿No se produce ahí un desajuste de las luchas? ¿No resulta raro, incómodo o problemático que el veganismo por razones morales se convierta en un lugar político en programas que no han renunciado al mercantilismo capitalista, que no creen en la redistribución de la riqueza o se muestran contrarios al establecimiento de una renta única? ¿Cómo se puede clamar contra la explotación de las vacas, hermosísimos e inteligentes animales, y valorar alquilar un vientre en Ucrania?

La incredulidad y pasmo de mi familia ante mi discurso animalista, proferido desde la posición de quien jamás ha dependido de los animales para sobrevivir, es comprensible. Quiero yo que celebren conmigo una teoría a la que nadie les ha invitado, una que se ha olvidado de ellos en una especie de elitismo ciego de la realidad que ya no puede ser ignorado. Sigo creyendo en el poder extático de la teoría, pero no si no está todo el mundo invitado a ella. Los derechos de los animales han de estar en el horizonte filosófico y en las elaboraciones teóricas que tienen que conformar un nuevo mundo, pero cada vez entiendo menos cómo se pueden configurar los activismos alrededor del objetivo estratégico del derecho animal sin implicarse políticamente en el reparto de la riqueza. Cómo enfrentar el día en que se apruebe el cierre de las granjas de gallinas, pero continuemos enviando a la gente trabajadora a Cáritas porque el sueldo no llega para el supermercado. Eso no hay teoría que lo soporte.

 

Paradojas de cultivadora novata

Mayo es un mes límite para plantar las verduras de temporada. Alerta principiantes: no es un buen momento para empezar una huerta porque se te acumula el trabajo y tienes que hacerlo todo a la carrera. Una pena que no se me ocurriera empezar en otro momento… Gracias a este timing de novata disfruto de unas agujetas imposibles en brazos y piernas. Cultivar no es moco de pavo: las herramientas pesan lo suyo y mover la tierra requiere estar en buena forma. Esto es más duro que el gimnasio.

La tierra que he conseguido que me prestaran para cultivar está en Tamón, entre Gijón y Avilés, muy muy cerca de la entrada a la Dupont, el emporio químico famoso por contaminar el agua en Virginia con un compuesto cancerígeno que usaba para fabricar teflón. Esta es la entrada a las instalaciones industriales. Como veis, muy arregladas y en plan verde. Paradójicamente, la Dupont está entre las compañías asturianas que más CO2 emiten a nuestra atmósfera, y se encuentra formando un triángulo tóxico imposible con las instalaciones de Arcelor Mital en Gijon y Avilés y la central Térmica de Aboño. Esto viene a lo paradójico que resulta estar cultivando en la que es, probablemente, la zona más contaminada de España. Cuando un cultivador me recomendó que no usara agua del grifo (con cloro) para regar sino de manantial, entendí lo absurdas que pueden llegar a ser percibidas las reglas de lo eco en según qué lugares. Desde la teoría todo parece muy claro, pero todo saber ha de estar situado, somos un ser-en-el-mundo y este trocín de mundo está a tope de benceno en el aire.

Una vez asumido el contexto paradójico y surrealista de todo este esfuerzo verdulero, es más fácil ignorarlo y continuar como si tal cosa. Eso es algo inevitable aquí en Asturias, donde a cada paso asalta una chapuza material o mental. La buena noticia es que he conseguido un rastrillo más moderno que mi azada híper pesada y guantes. Gracias a eso he podido alisar todo el terreno y empezar a plantar. En un principio, seguí la regla general de abrir un surco, poner la planta y volver a cubrirla de tierra. Tras una hora de agotamiento bajo el sol, di con un método que requiere menos esfuerzo y tiempo: abrir simplemente un agujero con el mango de la azada y pasar ampliamente del surco. Aún así, no logré plantar todo lo previsto. Llegué a los 3/4.

Logré plantar puerro, cebolla, lechuga, hoja de roble, acelgas, col morada y alcachofas. No tengo claro aún qué factores humanos pueden hacer que las plantas no salgan adelante: creo que he dejado bastante separación entre plantas. Incluso creo que puedo plantar más puerros y cebollas, que no requieren tanto espacio como lechugas, coles y alcachofas. Sí he podido ver ya con mis propios ojos al que será mi enemigo número uno: el caracol. Caracoles y babosas están ahora mismo relamiéndose ante la contemplación de tanta hoja tierna que asoma en mi huerto. De hecho, encontré uno emboscado en una de la cajas de plantas que aún me tengo por usar.

Me dicen que tengo que exterminar caracoles y babosas, pero no me resigno. Parece ser que en la zona se usa un veneno llamado Babosil que extermina todo lo que se arrastra. Hay que echarlo cada vez que llueve porque el agua se lo lleva. Voy a seguir los consejos de una cultivadora en un foro que recomendaba poner tejas a los lados de la huerta. Por lo visto, los caracoles se reúnen bajo ellas y así es posible alejarlos cada día de la plantación. Tengo que investigar si hay algún otro método no cruento para librarme de esta primera plaga. También me toca proteger la huerta con algo que se llama “pastor”. Pero eso todavía no sé ni lo que es. La semana que viene lo veremos…

Primer día, primera herida

Hoy me he acercado por primera vez a lo que será, espero, mi huerta. He metido por vez primera las manos en la tierra y he cogido por primera vez una azada. No pensaba que la herramienta fuera tan pesada: necesito hacerme con material más pequeño y más moderno.

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El primer y único cometido del día era comenzar a preparar la tierra para sembrar, pero a la hora de mover, airear y retirar piedras ya tenía un par de heridas en las manos. Qué tiernas y qué suaves son todavía hoy mis manos. He decidido retirarme antes de que la cosa fuera a peor.

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Apenas una hora de trabajo y ya tuve que correr a la tienda a por unos guantes. ¿Es una derrota o una victoria? Aunque los observadores de todo esto se rieran de mi flojera y débil voluntad, por dentro ya estoy sembrando. Mañana, más.